26 may 2019

¡Gracias, Amelia!

Popovic se retira con la casaca del Fuenla tras cuatro años llenos de magia y alegrías. Su último partido fue pura emoción, entre familia y amigos, entre el respeto y admiración de los rivales y el afecto incondicional de una hinchada a la que se ganó con talento y carisma. Triplazo ganador y un tiro libre singular: la pelota no entró llorando, pero él no pudo contener las lágrimas. 


Antiguamente se decía que los hombres no debían llorar, que hacerlo era una muestra de debilidad. Ni hablemos de hacerlo delante de otros, máxime si se trataba de un personaje público. Afortunadamente, la naturalidad ha ido desplazando a absurdos prejuicios, y cuando al final del partido Marko Popovic se disponía a lanzar los últimos tiro libres de su prolífica carrera, las lágrimas en sus ojos reflejaban la desbordante emoción de un ‘elegido’ que llegaba al final de un largo y fabuloso camino, y que ahora empezaría otro, el de abocarse plenamente a su familia. En realidad, su mujer y sus dos hijos siempre fueron los ejes centrales de su vida, pero el tiempo, ‘bendito tiempo’, con ellos ahora le permitirá disfrutarlos día a día y no como en los últimos dos años, conectado permanentemente a una pantallita que uniera Fuenlabrada con Zadar.

Se retira Popovic, con un último truco digno del Mago Pop, decidiendo la prórroga con un triple desde once metros, metiendo luego un tiro libre singular , porque la bola no entró llorando, entró limpia, pero sí nos hizo… como que teníamos una basurita en el ojo…  Marko, que disputó el partido contra indicación médica por una lesión en su rodilla... “Jugué lesionado. Tenía que haber estado de baja entre cuatro y seis semanas, habían pasado dos pero decidí dar todo lo que tenía a este club y a esta afición que me lo han dado todo”, diría tras el triunfo ante Iberostar Tenerife.
Marko Popovic, con su familia, y la pequeña Amelia en brazos (Foto: Alba Pacheco / EnCancha) 
Micrófono en mano en el centro de la pista, al capitán le temblaba la voz ante un Fernando Martín entregado a su ídolo. “Venir fue una aventura, después se convirtió en una pasión y ahora es amor. Nunca había pensado en tener una despedida así. Ha sido un sueño para mí”, mientras saludaba a sus padres, presentes en la grada con un numeroso grupo de amigos y compatriotas. Y la dedicatoria a sus tres hijos, y a su mujer. Se miran entre ellos dos, se hablan con la mirada. Se ríen, lloran, y vuelven a reírse. Felicidad.

Es el punto final a una historia que parecía que iba a concluir el verano pasado, cuando su marcha parecía segura. “Cuando en mi país me preguntan ‘¿por qué Fuenlabrada?’, siempre digo: por su maravillosa afición. Aquí entienden de baloncesto”, comentó tras aquella última jornada, pero siguió para alegría de todos. Un año después, el viernes pasado, durante la cena de una de las peñas, tras un fabuloso vídeo, Popovic comentaba: “Nunca olvidaré cuando fallé la bandeja contra el Sevilla, estaba en el suelo, y el pabellón cantaba mi nombre”. Marko se refería a la quinta jornada de la temporada 2016/17, en sus primeros pasos en el Montakit, derrota en casa por dos puntos.

Sus padres, ex jugadores de baloncesto, presentes en la despedida de Marko (Foto: Alba Pacheco / EnCancha) 
Retrocediendo aún más en el tiempo, la historia del su fichaje por Fuenlabrada es conocida, pero siempre vale la pena recordarla. El Montakit, que venía de descender deportivamente, finalmente mantuvo la categoría en un verano interminable, provocando que la plantilla se armara sobre la marcha. Estamos en septiembre, y Popovic declinaba ofertas europeas hasta que no naciera su hija, Amelia, quien lo haría el día 27. Y allí, oportuno, apareció el Fuenlabrada, con el croata Zan Tabak a la cabeza, para convencer al astro que la felicidad le aguardaba en el Fernando Martín. Y fue mucha. ¡Gracias, Amelia!

Popovic, el hombre que no le gusta perder ni en los entrenamientos, y que contagia esa competitividad al grupo, que es puro carácter y talento balcánico, el que levanta la voz cuando considera que no se le respeta, el que habla con sus compañeros todo el tiempo, que los anima, el que se enchufa a la grada, y el que enchufa un triple en Zaragoza que valió un billete copero, el que mete 34 puntos (10 triples) y 37 de valoración, otra vez, ante los maños, el que agradece cada muestra de cariño, el que declina un par de jugosas ofertas de Málaga y de Grecia, el que parecía que se iba el año pasado y siguió una cuarta temporada, el que juega hasta lesionado, el que no se corta en proponer jugadas a su entrenador en un tiempo muerto, porque no sólo juega, también dirige, el que es respetado por los rivales, que pese a quedarse fuera del playoff, hacen fila para felicitarle en un mezcla perfecta entre agradecimiento y admiración, el que termina su carrera con la camiseta del Fuenlabrada, el que lleva el baloncesto en la sangre, en la cabeza y en el corazón, el que se vuelve a Croacia por su familia, pero que siempre estará presente en Fuenlabrada, su otra familia. ¡Eternamente, gracias! 

Entre familiares y amigos, cerrando su fantástica carrera en Fuenlabrada (Foto: Alba Pacheco / EnCancha) 
Mayo de 2016, cerrando su primera temporada. Marko Popovic junto a su padre, Petar, leyenda también del basket croata. Detrás, mirando, el hijo mayor de Marko (Foto: Jorge Sanz / Baloncesto Fuenlabrada)





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