13 sept. 2019

‘Finalizar’

España y Argentina alcanzan la final del Mundial de baloncesto, dos planteles que están haciendo historia a pura emoción. Mis sensaciones son contradictorias, porque se enfrentan ‘mis dos equipos’, y aunque quiera que gane la albiceleste, la admiración es total con los Gasol y compañía. Relato entre recuerdos personales y la visión de un niño.


Así como el fútbol es el deporte de mi infancia -River y la Selección-, el basket me llegó ‘de grande’. La pasión por la pelota naranja coincidió con mi mudanza a España, plena final del Mundial 2002 en Indianápolis. A los comentarios de “¿argentino? Me encanta vuestra selección, en la final yo quería que ganarais a Yugoslavia”, se sumó la eclosión de tipos como Scola y Nocioni en el Baskonia, y el seguimiento que empecé a hacer con el Baloncesto Fuenlabrada, que se convirtió, sin darme cuenta, en ‘mi equipo’ en España. En aquellos años, el baloncesto fue un motivo natural de charla, ayudándome -inconscientemente- en la integración a una sociedad tan parecida -y distinta- a la Argentina.

Desde entonces, cada enfrentamiento entre España (mi admiración total) y Argentina me genera un sentimiento contrapuesto, porque si bien uno es de donde nace, siempre quieres que gane España en todo lo que juegue, excepto ese día, y ese 'excepto' no es un término absoluto, sino que va mutando, llegando al punto de no ponerme de acuerdo ni conmigo mismo. Es una contradicción interna que prefería evitar, deseando que ambos equipos lleguen a la final, situación que nunca se había dado. Hasta ahora (sí, lo más cercano fue la semifinal de 2006 (La vida en un triple)sobre lo tomé algunas notas hace cinco años).

Para este Mundial de China ni España ni Argentina eran favoritas. La primera, para mí, ‘era’ podio, tras Estados Unidos y Serbia, mientras que la albiceleste, con el canoso Scola -39 primaveras- como último sobreviviente del 'mejor equipo argentino de todos los tiempos y de todos los deportes’ (opinión). Con el ‘Luifa’  y Campazzo en cancha, el objetivo era llegar a cuartos de final. Reconozco que nunca creía que podíamos llegar a semis. Ellos, sí. Afortunadamente. Y ahora nos prendemos en su epopeya, una gesta contra la lógica: con menos estatura, sin ningún ‘NBA’, sin, supuestamente, la magia que llevó a aquella Generación Dorada a emocionar a todos, argentinos y amantes del baloncesto.

Pero si de emociones se trata, este plantel actual demostró que sí heredó aquella virtud de los Ginóbili, Nocioni y compañía, que te hacían pegarte a una pantalla a cualquier hora, saltando, gritando, cerrando el puño… te movían todo por dentro. Te conmovían, tanto como estos pibes, que con un gran trabajo detrás, con solidaridad (ese desgaste defensivo y coordinado hace que quieras ir a abrazarlos cuando acaben el partido), con coraje. Estos muchachos salen, como aquellos, a jugar de igual a igual, a plantarse ante quien sea, con la convicción de que pueden ganar. Y están ganando, contra pronóstico. Sí, no son 'invencibles', y en cuando tengan un mal día, pierden por 20 puntos con cualquier potencia. Pero ahora están arriba de la ola, y la orquesta afina como nunca, así que a seguir asombrándose con cada partido.


Scola y Ginóbili, dos glorias del deporte argentina, abrazándose tras alcanzar la final en China


Simeone hace un mes decía eso de que los argentinos sólo saben brillar individualmente, que no saben jugar en equipo. Con todo respeto, que siga con su ‘partido a partido’, esa frase que en Argentina se popularizó en los años 40 y que, vaya a saber uno porqué, parece en España que la autoría es exclusividad del Cholo. Si el rugby, el voleibol o el hockey sobre césped albiceleste cuenta con muchos fanáticos es por los brillantes resultados de sus selecciones, y no por sus individualidades. Nunca tuvimos un Di Stéfano, un Maradona o un Messi en ningún deporte colectivo. Sí figuras descollantes, como Hugo Porta o Luciana Aymar, pero sin la trascendencia mediática que supone el balompié. Y no menciono al basket, campeona mundial en 1950 y con la Generación de Oro, referencia absoluta para cualquier equipo de cualquier categoría: el todo siempre es más que la suma de las partes, y el colectivo siempre está por encima del individuo. Las generalizaciones siempre, siempre, son injustas. No se trata de idealizar, sino de constatar cómo una serie de valores se mantiene vigente en tiempos mediáticos de 'héroes' y egocentrismo exacerbado.

El abrazo de Manu –presente en China- con el Luifa al final es para la posteridad, como si de una familia se tratara, como 'i los antes' siguieran sumando, antes en la pista, ahora fuera de la pista. Ni hablar de otros abrazos, los de Scola con su mujer y sus hijos. La ternura con las que se miraban, se besaban. Quien siguen la carrera del ex Baskonia  conocen lo que significa la familia para él, el agradecimiento que hace a su esposa cada vez que puede –inseparables desde chicos- (muy recomendable la entrevista que mantuvo con Juan Pablo Varsky hace dos semanas), como gracias a la forma de ser de ella, él pudo superar las dos décadas como profesional, y disfrutar de cada día de sus cuatro hijos.

Tres triunfos en primera fase, dos más en segunda, Serbia en cuartos y Francia en semis. Invictos y a la final ante España. Mi ‘otro’ equipo, que tampoco contaba con aquellos nombres que daban lustre a aquellos Juniors de Oro, los Pau Gasol, Navarro, Calderón…. Ahora tampoco esta Sergio Rodríguez, ni el ‘renunciado’ Ibaka. Así y todo, con el trío Llull-Rudy-Marc más un sensacional Claver, los de Scariolo buscar emular Saitama 2006.

Y vuelvo al relato personal. Hoy mientras volvía del laburo en el tren, no podía despegar la mirada de la pantallita del móvil -bendita tecnología- vibrando con cada canasta del Tortuga Deck, con cada asistencia de Laprovittola. Y entre tanto festejo, llegar a casa y abrazarme con mi hijo mayor, que también juega al basket, que te comenta jugadas… y viéndole entusiasmado, hacer un introspectiva, y sacar cuentas: Nieto de española, nací en Argentina, donde viví hasta los 27. Ahora llevo 17 en Madrid, donde nacieron mis hijos… y acá es donde empecé a narrar baloncesto en la radio, cumpliendo un sueño de pibe (¡gracias, Fuenlabrada!). Ahora tengo otra oportunidad para 'aprender a disfrutar' de un España-Argentina. Siempre se disfruta, pero hablo de hacerlo 'plenamente'. Espero conseguirlo. Es difícil de expresar lo que se siente. 

El deporte es oposición. No es cómo ir a un concierto, donde todos cantan y bailan, y cada uno disfruta a su manera. Las caras del público cuando acaban un recital van del 'me la pasé pipa' a 'esta noche no me olvidaré nunca, es el mejor concierto de mi vida'. Sin embargo, en el basket, uno gana, otro pierde. Y tu hijo que te pregunta que cómo hacemos para que el domingo ganen los dos… “Finalizar, que quiere decir que tus dos equipos terminan en lo más alto, más no podemos pedir”,  fue la única tontería que atiné a decirle. Tal vez no haya respuesta, porque los dos ya ganaron. Ya ganamos todos, porque el baloncesto sirve para muchas cosas, entre otras, para charlar con tus hijos, para que lo practiquen, y para continuar admirando a unos tipos que hacen las cosas en una pista que a ti te gustaría hacer (y no puedes), y que sigas renovando tus ganas de gozar con un juego tan bonito como apasionante.  


Enlaces

La vida en un triple - Nocioni ante España, 2006
A 10 años del oro en Atenas (2014)
Scola de Samba (2010)


2 comentarios:

Fran Martinez dijo...

La de pronósticos que se han tenido que romper para que esta final se pueda dar. Ojalá sea un partido para recordar por muchos años!

Ezequiel Costa dijo...

Se nos acabo la épica en las semis, Fran :) Arrolladora España, defensa total. Doble valor este bicampeonato: por el título deportivo, y por cómo lo ha obtendo, el mensaje que transmite al resto. Tiene el talento y el trabajo detrás que tienen las potencias, y a eso le suma un grupo humano y una entrega que hace ganarse el respeto de todos. Y terminando con Quino, y Rabaseda en pista, más Luis Guil como ayudante #ToqueFuenlabreño