4 jul. 2016

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Durante el mes de mayo el Baloncesto Fuenlabrada y Entrelíneas Editores organizaron el I Certamen Literario ‘El baloncesto es tu palabra’. Allí mandé mi primer relato, aunque no pasó el corte de los catorce escritos seleccionados. Es decir, si fuese una liga decente, descendía en mi debut :), pero igual me gustó la experiencia, así que comparto aquí el texto enviado.

Además, dos de los tres primeros premios fueron para Álvaro Carretero e Iván González, lo cual me alegra mucho porque, además de escribir ambos de maravillas, son dos buenos amigos.



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Alfonso siempre estuvo ahí. Cuando al pabellón apenas iban familiares y amigos de los jugadores, en los lejanos años de categorías modestas, Alfonso era el primero en llegar, siempre irradiando simpatía. Con el paso del tiempo, su figura comenzó a ser reconocida por casi todos los aficionados asiduos al Fernando Martín, y no sólo porque nunca faltaba a su cita, sino porque además, se ganara o se perdiera, Alfonso salía del estadio igual que como había entrado: saludando a todos con su contagiosa sonrisa.
Abonado desde la primera temporada, en la grada se comentaba que Alfonso jamás había faltado a un encuentro como local, y que además era el seguidor que más partidos había visto fuera de casa. Es más, él y su inseparable amigo Manuel habían sido los dos únicos simpatizantes fuenlabreños presentes en el debut europeo en el extranjero, un miércoles de octubre del 99 ante el Ovarense portugués. Como acababa de comprarse un flamante Seat Ibiza, Alfonso sugirió que la mejor manera de asentarlo era hacerse un viajecito a Ovar, aprovechando que en el trabajo le debían un par de días de vacaciones, y que como Manuel tenía fobia a los aviones… Regresaron cansados tras los más de mil kilómetros entre ida y vuelta, pero felices por la victoria y, sobre todo, por las dos camisetas que se traían puestas, regalos recibidos tras el partido: Manuel lucía la de Salva Guardia, y Alfonso la de Velimir Perasovic. Desde entonces, los dos asistían juntos al pabellón ataviados con ellas, orgullosos de repetir la historia cada vez que se acercaban a preguntarles por aquella excursión.
Parte de su vida giraba alrededor de su equipo, como así lo atestiguaba una pared del salón de su casa, con pósters, bufandas y recuerdos variopintos, además de dos de los tesoros más queridos por Alfonso, como eran un balón y la red de una de las canastas del día del ascenso ante el Breogán. Aquel día de mayo del 98 no hubo tiempo de traérselos del pabellón, porque hubo que salir de Lugo a las prisas y corriendo, pero el ‘conseguidor’ resultó ser Antonio, utillero del Fuenlabrada, que movió cielo y tierra durante semanas hasta que pudo convencer al encargado del polideportivo lucense para que, secretamente, le enviara ese regalo.
Alfonso llevaba más de dos décadas dedicado a su pasión, y como viajaba tanto, muchos aficionados rivales comenzaron a reconocerlo, sacándose incluso fotos con él cada vez que visitaba un nuevo estadio. Como buen hincha, vivía los partidos a flor de piel, pero nunca nadie lo escuchó insultar ni a un árbitro ni a un rival. Todos lo querían, lo respetaban y se reían con él.
Un sábado, como cualquier otro que el equipo jugaba en casa, llegó fiel a su cita: media hora antes de que se abrieran las puertas ya estaba firme junto a los accesos. Y comenzó el partido, y los del sur de Madrid se dispararon rápidamente en el marcador, celebrando la grada la retahíla de canastas fuenlabreñas. Sin embargo, Alfonso seguía sentado. Cuando en el descanso todos comentaban la fabulosa actuación del equipo, con 30 puntos de renta, Alfonso permanecía en silencio. Ninguno de sus habituales compañeros de asiento se animó a preguntarle nada, pero a todos les extrañó que, cinco minutos antes del final, Alfonso, enfundado siempre con la ‘6’ de Perasovic, se marchara cabizbajo y a paso ligero. Sentado luego contra la ventanilla del autobús, su mirada estaba fija en el asfalto. Debería estar rozagante por la gran victoria de su equipo, como tantas otras veces, pero a él le daba todo igual, y no sabía la razón.
Dos semanas después el Fuenlabrada volvía al Fernando Martín, pero a Alfonso le volvió a pasar lo mismo. O peor. Sin el cosquilleo especial que siempre sentía los días de partido, tampoco tenía ganas de ir hasta el pabellón. Ya no estaba a gusto. No lo disfrutaba. Sentía que ir a ver a unos tipos metiendo canastas era una absoluta pérdida de tiempo. Es más, no comprendía como cinco mil personas podían enloquecerse chillando por lo que hicieran otros. De repente, sintió tristeza, pero no la misma que sintió durante el descenso en el Saporta, sino otra más profunda, porque si aquel día ante el Real Madrid el sufrimiento era por perder una categoría, la cual podría recuperarse un año después, ahora lo que le hundía era el dolor por sentir indiferencia. No entendía qué le pasaba ni sabía cómo actuar, y ese vacío se le hacía insoportable.
Angustiado, lo habló con un par de amigos, pero no había forma. Y el siguiente partido lo encontró a muchos kilómetros del pabellón, haciendo senderismo por la sierra. Era la primera vez que faltaba, y hasta desconectó el teléfono para no enterarse del resultado ante los comentarios que comenzaba a recibir.
Pasaron los meses, y creyó estar más aliviado, descubriendo otras actividades para hacer, nuevos caminos por recorrer. Nunca respondió ningún mensaje de sus antiguos compañeros de peña, quienes estaban preocupados por el súbito aislamiento de Alfonso.
Un día, sonó el timbre de su casa. Fue hasta la puerta, espió por la mirilla y vio a un hombre que le resultaba conocido.
-       ¿A quién busca?
-       Pregunto por Alfonso.
-       ¿Quién lo busca?
-       Un viejo amigo.
-       ¿Manuel?
-       ¡Claro que sí!
-       ¡Hombre, qué sorpresa, tantos años sin verte!
Alfonso dejó pasar a Manuel quien, mientras tomaban un café, le dijo que ya llevaba quince años trabajando en Estados Unidos, que sus tres hijos jugaban cada fin de semana al baloncesto y que era la primera vez que regresaba a España desde que se había radicado en el exterior.
-       ¿Y por qué has vuelto ahora?- preguntó Alfonso.
-       Por un tema familiar.
-       ¿Y qué haces en mi casa?
-       Es que aprovechando estos días, vi que había partido y me acerqué al pabellón. Me sorprendió no verte, y más me sorprendió que nadie supiera nada de ti desde hace meses.
Alfonso intentó cambiar repentinamente el tema de conversación, pero Manuel insistió:
-       ¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien? Veo que en esa repisa faltan un balón y una red…
-       Estoy mejor que nunca, y si me disculpas, estaba por salir- Lo cortó Alfonso.
-       Muy bien, en breve vuelvo a Boston. Antes de irme, paso un día para invitarte a comer…
Alfonso accedió, y días después se encontraba con Manuel para comer, pero éste, al llegar, le dijo:
-       Necesito que primero me acompañes a un sitio, luego te explico todo.
Al llegar a la calle Grecia Alfonso se percató de que estaban casi en la esquina del Fernando Martín, y se le transfiguró la cara, comenzó a negar con la cabeza e hizo un intento de regresar, pero Manuel, rápido de reflejos, lo abrazó y le dijo:
-       Amigo, sólo te pido un favor: dame el gusto de compartir contigo mi último partido viendo a nuestro equipo. Juntos …
-       No puedo. Adiós, me voy- balbuceó Alfonso.
-       “Si un día vuelves a España, no vuelvas por mí, vuelve por el Fuenla” -elevó la voz Manuel- Me lo dijiste en el aeropuerto hace quince años. Y no he regresado por nuestro equipo. He tardado quince años en volver a tomar un avión, y he dejado de lado mi pánico a volar sólo para verte a ti, al que considero un hermano, al que echo mucho de menos y al que me gustaría ver feliz.
Alfonso detuvo su carrera, pero seguía en silencio. Manuel, acercándose a él, prosiguió con más calma.
-Vamos, no hace falta que hagas nada, yo celebraré las canastas por ti, pero no dejes que esta vieja camiseta con el número ‘8’ entre sola al pabellón-,  lo persuadió Manuel, abriéndose la cazadora mientras debajo asomaba la zamarra de Salva Guardia.
Alfonso estaba contrariado, y cuando se quiso dar cuenta, ya estaba sentado en la primera fila de un lateral. Sintió algunos temblores en las piernas y hasta un sudor frío le recorrió la espalda cuando comenzó el partido, pero por más cestas que metiera su equipo, él seguía absorto, como molestándose ante cada abrazo del eufórico Manuel. Todo le parecía extraño, desde los cánticos de la afición hasta algunas miradas de reojo que se posaban sobre él, llegando incluso a sentirse incómodo por ello.
Quedaban diez segundos para el final y los locales perdían por uno. Él no lo sabía, pero Manuel se enteró durante ese tiempo muerto que se trataba del último partido de la temporada, y que sólo una victoria les daría la salvación. Pero Alfonso no mostraba reacción alguna. Entonces Manuel, se le acercó al oído:
-       Es como aquel partido en Sevilla, ¿te acuerdas? Año 2000. Fuimos juntos en coche, y ganamos, aseguramos la permanencia y en el viaje de vuelta prometimos cumplir que si…
El estruendo de la bocina de los altavoces interrumpió la memoria de Manuel.
El tiempo pareció detenerse en esos diez segundos, e instantes después, el Fernando Martín rozaba el paroxismo tras una agónica canasta que sellaba la salvación. El grito de “Fuenlabrada, Fuenlabrada” atronaba en la pista, y el descontrol en la grada fue tal que cuando Manuel se giró para abrazar a su amigo, éste ya no estaba ahí. Se dio vuelta inmediatamente y creyó verle correr escaleras arriba, por lo que salió en su búsqueda, sabiendo que debía alcanzarlo antes de que éste llegara a las puertas pero, entre tanto movimiento de gente, casi no podía avanzar.
Comenzaba a desesperarse, cuando el pabellón dejó de cantar el nombre de su equipo, escuchándose ahora con claridad: “Alfonso, Alfonso…”. Entonces miró hacia un fondo, donde se había desplegado una gran pancarta en la que podía leerse: “Gracias por volver, Alfonso. Te estábamos esperando”. Cuando Manuel bajó la vista, en el centro de la cancha, sobre los hombros del capitán del equipo, un hombre emocionado, con los brazos en alto y enfundado con una antigua camiseta de Perasovic, no paraba de llorar.
Al otro día, Manuel regresó a Estados Unidos, y Alfonso recuperó su eterna sonrisa y una vieja amistad. Para siempre.


Ezequiel Costa


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