13 ago. 2011

La libertad de elegir

El canon que la LFP quiere cobrar a las radios a partir de esta temporada abre nuevamente el debate sobre el rol de las emisoras en el negocio del fútbol, y de cómo este impuesto radiofónico afectaría también al aficionado.


La libertad de elegir

No son días fáciles para el aficionado al fútbol. Al bombardeo constante que recibe de los medios sobre la crítica situación de su equipo, de la liga, del país y del mundo, el hincha ahora absorbe también mensajes sobre el canon que la Liga de Fútbol Profesional (LFP) quiere imponer a las radios para la retransmisión de los partidos. Pero lo que en principio es un problema que sólo atañe a los Medios de Comunicación camina en transformarse en un nuevo golpe al seguidor futbolero.

El afán recaudatorio de la LFP no es nuevo. Su último intento había sido en 2006, cuando fue condenada judicialmente a indemnizar a Antena 3 TV con 25 millones de euros por la cesión de derechos televisivos, un litigio que se remontaba a 1989 (año en que se trató por primera vez el canon a las radios). Si bien el ‘impuesto radiofónico’ no prosperó, José Luis Astiazarán, presidente de la LFP, deslizó por entonces que no sólo querían cobrar a las radios, si no también a la prensa escrita.

Cinco años después Astiazarán y sus secuaces vuelven a la carga. El escenario ahora es completamente diferente: la economía arrastra cuatro años de estancamiento, los futbolistas convocan huelgas ante los perpetuos incumplimientos y los clubes se acogen a la Ley Concursal como ardid legal para estafar a sus acreedores.

Sorprende en parte también el unánime rechazo de los multimedios al canon, puesto que si bien iban a empezar a pagar, se quitaban de encima a todas las emisoras medianas, pequeñas y digitales, para las cuales sería imposible afrontar el coste de una retransmisión. Es decir, perder algo de dinero a cambio de repartirse el pastel entre menos manos. Pero parece ser que la crisis es tan profunda que prefieren menos tarta publicitaria a acentuar su oligopolio.

¿Y los aficionados? Su opinión pareciera que no vale. Carlos Sánchez Blas explicaba muy bien lo que significan el fútbol, la radio y el romanticismo. Si los nuevos (y televisivos) horarios hieren de muerte a los carruseles, a los hinchas –mero consumidores- sólo les queda adaptarse y hacer otro sacrificio con tal de seguir a su equipo del alma. Queda claro que desaparecierían los programas estilo carrusel, pero a los conjuntos grandes siempre se los va a retransmitir. ¿Y los pequeños? “Si son rentables”, que dirían los empresarios del sector.

Otra cuestión no menor es la libertad de elección de los radioescuchas. Imaginemos que cada partido lo retransmitieran por televisión cinco canales diferentes, cada uno con su estilo propio. El televidente podría elegir, entre el abanico de opciones, con cual tenga más afinidad. Hoy esa libertad televisiva no existe, pero la aceptamos como tal porque no sería redituable tantas cámaras en un mismo partido (por ejemplo, en el último Mundial un sano tema de conversación era “yo a la selección la vi por tal canal”, “no, yo prefiero ver a fulano, que chilla menos y narra mejor”).

Pero la radio –siempre mágica- es más democrática que la televisión, más plural, y ofrece más alternativas a un hincha que tiene ratos de felicidad pegándose una oreja a un transistor, que se emociona cuando determinado narrador le canta un gol, un hincha que se empobrece aún más cuando no tiene la libertad de elegir.

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