19 jun. 2011

River, al purgatorio

La Banda Roja jugará por primera vez una Promoción de descenso al quedar cuarto por abajo en los promedios (puntos acumulados / partidos jugados) de los últimos tres años. Ante Belgrano de Córdoba los dirigidos por JJ López tendrán la presión de salvar al equipo con más títulos ganados en la Argentina.

Foto: José María Aguilar, presidente de River entre 2001 y 2009.



River, al purgatorio

“El descenso no es la muerte de nadie”, disparó Julio Grondona, presidente de la AFA, el pasado 21 de mayo luego de que Daniel Passarella se quejara en la calle Viamonte por los arbitrajes que estaba sufriendo su club, River Plate (el reclamo del mandamás riverplatense omitía el mal juego del equipo dirigido por JJ López).

Pero el jueves pasado Grondona siguió con su dialéctica: “River me da la sensación de que no va a jugar la Promoción”. Por ello, muchos videntes (algunos que trabajan de ‘periodistas') comenzaron a pregonar que “ya estaba todo arreglado”: River le ganaba a Lanús y Quilmes a Olimpo. Pero el vicepresidente de la FIFA nunca da puntada sin hilo y a veces también se equivoca en sus pálpitos, como si quisiera desprenderse de su aura divina para acercarse al populacho.

Lo cierto es que River hizo realidad su pesadilla y jugará la Promoción para evitar el descenso (el miércoles, la ida ante Belgrano en Córdoba). El impacto mediático de la noticia da para todo: el club más grande de la historia del fútbol argentino toca fondo (la mención de más grande se basa en datos objetivos: mayor cantidad de títulos profesionales en la historia, partidos ganados, goles convertidos, jugadores aportados a la selección, cantidad de socios y de espectadores en la cancha).

Las razones de esta nueva mancha en la historia (personalmente considero que aún es peor quedar último, como lo fue el equipo de Diego Simeone, que salvarse en la Promoción) arrancan con la gestión del ex presidente, José María Aguilar, y terminan en la presente de Passarella (último año y medio).

El perpetuo despilfarro del club (déficit operativo mensual cercano al millón de dólares), la corrupción generalizada y los negociados con la barra brava fueron hundiendo paulatinamente a la entidad franjirroja.

Años atrás, la millonaria venta de un par de chicos de las divisiones inferiores permitían que el modelo siguiera funcionando (Aimar, Saviola, D’Alessandro, Cavenaghi, Mascheraono, Maxi López, por mencionar algunos), pero un par de camadas desaprovechadas y el ingreso de dinero de dudoso origen (Locarno suizo, Pinhas Zahavi y cía.) rompieron la cadena. Como ejemplo, la vergonzosa transferencia de Gonzalo Higuaín al Real Madrid, Belluschi a Grecia o la de Falcao al Porto, donde otros se repartían la fortuna mientras a River sólo le quedaban las migajas.

Esto provocó un continuo vaciamiento del club, y muchos jugadores pasaron de ser propiedad del club a cedidos por sus representantes, quienes utilizaban al manto sagrado como vidriera para futuros negocios. Futbolistas menos implicados y de menor calidad y, sobre todo, el club que fue perdiendo patrimonio a pasos agigantados (en el último mercado de pases sólo pudo lograr el préstamo de Bordagaray, ignoto delantero suplente de San Lorenzo). Ni hablar de los eternos atrasos en los pagos a los jugadores.

Pero el golpe de gracia se produjo hace unos tres años. Siempre se habló, y con razón, que Boca y River eran los dos equipos más favorecidos por el estamento arbitral (algo lamentable y que ocurre en casi todas las ligas del mundo, sirva como ejemplo Barcelona y Real Madrid en España). Sin embargo, algo pareció romperse entre River y la AFA. Uno de los métodos de Don Julio para entender su sempiterna presidencia desde 1979 (y sin oposición alguna) es la forma de financiar a los equipos, siempre endeudados: “no te preocupes, yo te adelanto dinero de las televisiones; eso sí, es un favor que yo te hago, que no se te olvide”.

Pocos clubes, como los admirables Lanús o Vélez, desarrollan una gestión tan seria como para no caer en la tentación del dinero fácil. River desde hace tiempo le debe mucho a Grondona, pero los antiguos favores quedaron sepultados por la guerra entre presidentes. De repente, la entidad de Belgrano (o Núñez) empezó a recibir tratamiento de “equipo chico”. Por eso las palabras de Grondona del jueves sonaban más a mofa que a verdadera ayuda, y la esperada coartada arbitral quedó en la nada.

Algo tiene que quedar claro: River está así por méritos propios. Utilizar como excusa algunos (lamentables) arbitrajes que viene sufriendo evitaría diagnosticar los verdaderos problemas funcionales que acarrea el club del Monumental.

River bien podría emular a la metáfora de un país que ve como su clase media tiende a la extinción. Desde lo sociológico, esta Promoción por lo menos servirá para seguir derribando los falsos mitos con que se estereotipa a la Banda Sangre: que equipo del poder y de los millonarios. No niego el origen del apodo en 1931 (lo cual también dispararía otro debate), pero desde hace muchos años el poder político, económico y mediático (por no llamarlo propaganda) se ostenta en otros lares más fashion.

Al hincha riverplatense ahora le dolerá ser carne de cañón del (creciente) periodismo afín a Boca y ser el hazmerreír de los seguidores rivales. Es parte del folklore futbolero y hay que aceptarlo así; eso no debería ser lo importante ahora. Lo trascendente de tocar fondo, tras 110 años de historia, sería que el club dejara de una vez los vicios acumulados y enquistados en sus estructuras (muchos de los cuales se arrastran desde antes de la época de Aguilar).

Ante Belgrano de Córdoba podrá salvarse o irse al infierno, pero si no se transforman las bases estará abocado a seguir siendo maltratado en la cancha (y en los medios). Si se mantiene en Primera, seguirá perdiendo prestigio y, si desciende, sufrirá demasiado para volver a ella.

En este purgatorio queda claro que el club ya no puede vivir del pasado ni su escudo pesa tanto ahora en el negocio de la pelota, pero a River sólo lo salvarán su gente (no su barra), su prolífico semillero y su tradicional seña de identidad: enarbolar la bandera del buen fútbol. Para que se den las tres condiciones, la Banda Roja necesita una auténtica refundación (real, no de palabra). Como bien dijo Don Julio, “el descenso no es la muerte de nadie”.

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