27 jun. 2011

La Banda Sangre, sangra el alma

Estas líneas están escritas en caliente y puede que tengan poco que ver con el fútbol y menos con información. Son simplemente para hacer catarsis en el día más triste en la historia de River, el día en que desciende de categoría por primera vez en su historia.


Domingo 26 de junio, diez de la noche, en el balcón de un hotel en el Monte Igeldo con una espectacular vista al Cantábrico y con un nudo en la garganta. El día playero terminó en pesadilla. Apenas puedo ver las teclas por la luz de la pequeña pantalla y los fuertes guiños de un faro. River al descenso. No puede ser, pero es, y lo más triste, tiene cierta lógica que lo sea. River hace tiempo que naufraga sin ver (o sin querer ver) la luz de un faro.

Cuando ocurren estos hechos uno preferiría estar es su casa, con su gente, sus amigos, pasar el mal trago acompañado, descargándose, escupiendo palabras hasta que entre tanta terapia uno termine por reírse de la situación. Que nunca falte el humor.

Ya no pido estar en el Monumental como tantas y tantas tardes (decisiones de vida), aunque por un lado mejor. Sufrir un descenso no es tan duro como sufrir la autodestrucción del club por parte de ciertos estúpidos que quieren curar con el fútbol sus propias frustraciones.

Pero quiso el destino que en lugar de estar en Madrid, conectado al Vespucio Liberti, me toque vivir el luto deportivo en la deslumbrante San Sebastián. Contrastes entre la belleza y el dolor. ¡Justo en la bahía de la Concha, como para mandarlos a todos hasta aquí!

“En la derrota siento incapacidad para sentir felicidad”, dijo una vez Marcelo Bielsa. Parafraseando al ‘Loco’, puedo decir que en el descenso siento incapacidad para disfrutar del fútbol. Entonces me pregunto, ¿para qué sirve el fútbol si no es más que un juego para alegrar la vida?

Se puede ganar, empatar o perder, y la suerte y el error del árbitro forman parte de este juego. Si uno no acepta estas premisas, no entenderá nunca al fútbol y mucho menos podrá disfrutar de él. Todo muy racional, pero a veces lo emocional o lo pasional se lleva por delante cualquier cálculo equilibrado (aunque nunca puede admitirse o justificarse la violencia en nombre de la pasión, jamás).

Cierro los ojos y veo pasar imágenes desde la infancia, todas vinculadas al fútbol. La primera vez que escuchaste solo un partido por radio, que no tenías ni idea quiénes eran tus jugadores ni quiénes los rivales (y pensando que ‘El-esférico’ era un jugador del rival que se llamaba ‘Federico’), la primera vez que te llevaron a una cancha (Racing-Deportivo Italiano), el bautismo en el Monumental (River-Newell’s), los viajes de visitante, los cantitos con los amigos, las noches en la cama con la radio pegada en la oreja, las risas y los llantos, los abrazos en la tribuna con esos anónimos que no sabés ni el nombre pero sí sabés de qué colores es su corazón… en definitiva, las mil y una anécdotas que viviste en un cancha (o yendo o viniendo) y que, indelebles en la memoria, forman parte de uno para siempre.

Desde 2002 uno tuvo que cambiar la forma de vivir los partidos, más pegado a una computadora, con auriculares, un F5 ya gastado y horarios europeos intempestivos. Pero uno siempre estuvo ahí, de forma diferente, pero animando de forma virtual, y real. La pasión es la misma.

Uno puede estar preparado para ganar o perder un campeonato, pero el seguidor de River no está preparado para asimilar un descenso. Era lo único tal vez para lo que no estaba preparado. Ahora habrá que estar a la altura. Aguantar el golpe y saber perder. En lo personal, levantarse y replantearse si vale la pena depositar tanta pasión por una camiseta, si el ánimo puede verse afectado por un balón pateado por once tipos que nunca conocerás personalmente en tu vida.

A su vez, y repitiendo lo de la semana pasada, el club tendrá que aprovechar la oportunidad para refundarse y eliminar todos los vicios enquistados en la última década, barra brava incluida. Si no, el descenso no servirá de nada. Para el hincha de River comienza una nueva era, donde pondrá a prueba su fidelidad. Por último, felicitar a Belgrano por su regreso a la Primera División.

Miro arriba y veo multitud de letras, demasiadas, pero necesarias para desahogarse después del día más triste en la historia de River. Hoy largo aquí. Durante la semana, cuando ya esté de vuelta por Madrid, intentaré escribir un poco de fútbol y de la Banda Sangre, esa que ahora me cruza un alma ensangrentada. Gracias a Dios, la vida es mucho más que el fútbol.

1 comentario:

Roberto Fernández dijo...

Lo siento... pero la Banda Sangre sigue llorando por acá. Y lo seguirá haciendo durante mucho tiempo.
Vos sabés como siento yo esto del deporte... pero cuando se trata de uno de mis clubes, más aún...
La Banda Sangre seguirá llorando mucho tiempo...